Asia | Acuerdo de Paz en Nagorno Karabaj: todos ganan menos los armenios – El Salto


La paz es efímera en el territorio que hay entre Armenia y Azerbaiyán. Desde que se disolvió la URSS y se fijaron unas fronteras inventadas, armenios y azeríes han luchado literalmente por hacerse con la titularidad de Nagorno Karabaj. Una zona montañosa donde la presencia étnica de armenios es centenaria y que ha visto desde hace 30 años el ir y venir de unos y otros.

Primero los azeríes desplazaron a los armenios; en los 90 los armenios volvieron a hacerse con el control de la zona y ahora, Azerbaiyán ha ganado siete de las provincias de esta región. Es el resultado de un acuerdo de paz que llega después de varios intentos de alto el fuego que nadie cumplió y con dos potencias, Rusia y Turquía, que usan el conflicto para medir su influencia en el Cáucaso Sur.

Hay rumores de que a mediados de octubre, el gobierno de Ereván, capital de Armenia, tuvo sobre la mesa un acuerdo de paz muy favorable a sus intereses para poner fin a los bombardeos y enfrentamientos armados que desde finales de septiembre se producen en la zona. Pero el primer ministro armenio, Nikol Pashinián, lo rechazó.

El acuerdo “fue una sorpresa. Tanto a nivel local como desde la comunidad internacional, tanto en el momento como en el contenido. Sobre todo por la precariedad que deja a los armenios”

De repente, a mediados de noviembre, Rusia anuncia que se ha alcanzado un acuerdo por las dos partes. “Fue una sorpresa. Tanto a nivel local como desde la comunidad internacional, tanto en el momento como en el contenido. Sobre todo por la precariedad que deja a los armenios, por el Karabaj que mantienen, como por el que tienen que ceder y por la mala situación en la que deja al Ejecutivo armenio”, comenta Abel Riu, politólogo especializado en el espacio postsoviético.

La pérdida del control de Shushi pudo desencadenar el resultado final. “Shushi es la antigua capital armenia, tiene mucho significado para nosotros”, explica Gor Hunanyan, armenio afincado en Valencia desde hace más de una década y que en el conflicto ha perdido familiares. “Esta ciudad —continúa— siempre fue armenia y ahora se la han quedado. Cuando cayó, perdimos la guerra”. Esta derrota hace entrever que la posición de Armenia era mucho peor que la que el Gobierno trataba de hacer ver.

“Ha habido un problema de gestión de comunicación y de las expectativas”, comenta el politólogo Abel Riu. “Además del desastre militar, por un lado debido a  la superioridad militar y tecnológica de los azeríes gracias al apoyo de Turquía, pero también por la organización de las fuerzas de Defensa de Armenia, que tuvieron problemas de rotación de tropas en el frente, problemas de suministros, etc”. Una precariedad que se evidenciaba también en las armas: mientras Azerbaiyán atacaba con drones, los armenios solo contaban con armas de la era soviética. “Llegó un momento en el que quedó claro que ya no se podía continuar luchando”, aseguró en su discurso Pashinián, que reconoció que aceptó el acuerdo ante el riesgo de que también cayera la capital de Artsaj, Stepanakert.

Gráfico Armenia corredor lachin oK

El acuerdo de paz establece que Armenia tenga que retirarse de provincias ganadas, o que se asienten durante cinco años casi 2000 soldados rusos en sus territorios. Pero sobre todo, el documento, tiene consecuencias en la población: más de 100.000 armenios (de los 250.000 que pueblan el alto de Karabaj) han tenido que abandonar sus hogares familiares sin saber si algún día podrán volver. Las escenas que pueden verse en las redes sociales es de casas ardiendo para que el enemigo no se haga con ellas, últimas ofrendas en los cementerios a los antepasados que quedan ahí, despedidas masivas de los monasterios e iglesias. Una protección del patrimonio cultural de la zona que no se ha incluido en los acuerdos de paz.

Más de 100.000 armenios (de los 250.000 que pueblan el alto de Karabaj) han tenido que abandonar sus hogares familiares sin saber si algún día podrán volver

Lo que sí está en el tratado son las formas y fechas para entregar los territorios, que se han ido cumpliendo quedando solo la entrega de Lachin el 1 de diciembre. Lachin también es el nombre del corredor que asegura la conexión del Karabaj que queda bajo protección armenia —parte de la autoproclamada República de Artsaj— con Ereván. Lo único parecido a una victoria para Armenia en el acuerdo.

Crímenes de guerra y una paz con fecha de caducidad

Lo que no se cumple y no se ha cumplido son las mínimas normas de guerra. En pleno conflicto, Human Right Watch denunciaba que Azerbaiyán usaba bombas de racimo, un arma prohibida. Ahora, los armenios muestran por redes y en informes como los soldados azeríes y los mercenarios sirios llevados a la zona por Turquía persiguen a civiles armenios, mutilan, torturan y degollan a soldados enemigos. La entrega de prisioneros de guerra también está siendo complicada, lo que hace que miles de familias —sobre todo armenias— desconozcan si sus familiares están vivos o muertos.

La guerra continúa en las cifras: Rusia aseguró que había habido 4000 muertos y 8000 heridos, Ereván dice que 2500 muertos. “Los azeríes han mandado muchos soldados y ha habido muchas bajas”, asegura Riu, advirtiendo de que esto ha pasado incluso con la aplastante superioridad tecnológica del ejército turco-azerí con drones y mercenarios extranjeros —muchos yihadistas— que nunca aparecerán como bajas en el conflicto. En cuanto a refugiados, Ereván dice que son más de 90.000 armenios y los azeríes que 40.000, pese a que no vive tanta población de esta etnia en los territorios afectados por los combates. “Azerbaiyán pretende hacer ver que ha sufrido más en la guerra, pero hay que recordar que es un estado autoritario”, explica el analista político que reconoce que no se fía de las cifras oficiales azeríes.

“Estos dos pueblos han vivido durante mucho tiempo en paz y, en estos últimos 30 años, con el auge del nacionalismo en ambos bandos es cuando ha parecido la violencia”

“Lo que tenemos ahora es una paz frágil y con fecha de caducidad, los cinco años que estén las tropas rusas en la zona”, asegura Lusine Karapetyan, una armenia que lleva desde los 10 años en Granollers y cuyo primo es una de las víctimas mortales. “Los que opinan que esto ha terminado aquí es que viven en un mundo paralelo”, considera, ya que cree que dentro de cinco años, cuando haya que negociar si las tropas de pacificación siguen o no, se abrirá de nuevo el conflicto. “Estos dos pueblos —prosigue— han vivido durante mucho tiempo en paz y, en estos últimos 30 años, con el auge del nacionalismo en ambos bandos es cuando ha parecido la violencia”. “Nuestros abuelos hablan de la convivencia con azeríes, había bodas conjuntas, comercio, todo. De golpe a porrazo eran enemigos”, relata con tristeza Karapetyan.

Esta caducidad a la que apela Karapetyan viene de la mano de la idea de que hasta que la comunidad internacional no se pronuncie sobre la reclamación de independencia de Artsaj, nada se solucionará definitivamente. E incluso así, habría dudas. Francia esta misma semana ha aprobado en su senado una resolución por la que reconoce la República de Artsaj aunque no concreta su independencia. Es la primera vez que ocurre en la historia y el parlamento francés asegura que es “con el fin de establecer una paz duradera”.

Francia es el tercer país con una comunidad armenia en la diáspora —después de EEUU y Rusia— y el único que durante los ataques se manifestó del lado armenio. “Desde España lo hemos vivido con mucha impotencia, ya que hemos luchado para que el Gobierno deje de vender armas y al final pararon, pero cuando ya estaba sobre la mesa el acuerdo de paz”, recuerda Hunanyan.

Pocos días después del acuerdo, Unidas Podemos logró aprobar una proposición no de ley en el Congreso para promover “la consolidación de una solución pacífica” pero no se pronunciaba respecto a la independencia de Artsaj. “Armenia está jugando la carta de hacer un llamamiento al reconocimiento internacional, pero más allá de reconocimientos locales ningún país se ha mojado. Ni la propia Armenia ha reconocido la república independiente”, recuerda Riu, que espera que el cambio en el Gobierno de la Casa Blanca haga que en estos cinco años de “conflicto congelado” se pueda avanzar en una solución definitiva.

Las manifestaciones contra el gobierno armenio no han cesado y muchos temen que la rabia y la ira de una guerra perdida prenda la mecha de una guerra civil

Este final tendrá consecuencias muy graves en la estabilidad interna del país. Las manifestaciones contra el gobierno armenio no han cesado y muchos temen que la rabia y la ira de una guerra perdida prenda la mecha de una guerra civil. “Lo primero es que haya una estabilidad política. Si tiene que haber elecciones que las haya, pero primero ayudar a los refugiados y buscar a las víctimas”, asegura Gor Hunanyan.

Por su parte, Abel Riu también descarta una guerra civil. “Ha habido episodios de violencia interna pero a muy baja intensidad, sí que la hay en el Parlamento y en las calles casi a diario, donde piden la dimisión del primer ministro”, comenta Riu. Frente a los gritos de “traidor”, el discurso del primer ministro, que ha caldeado aún más el ambiente: “Esto no es una victoria, pero no hay derrota hasta que te consideras derrotado. Nunca nos consideraremos derrotados y esto se convertirá en un nuevo comienzo de una era de nuestra unidad nacional y renacimiento”.

Cambio histórico de paradigma en el Cáucaso Sur

Las cartas están sobre la mesa y queda claro quién ha ganado y quién ha perdido, pero la pregunta es ¿cuál ha sido el papel de Rusia? Mientras que Turquía intentaba ponerse la medalla de haber participado también en las negociaciones de paz, Moscú ni confirmaba ni desmentía. “Con este movimiento se confirma que el Cáucaso ya no es el patio trasero de Rusia, y no es la única influencia en la zona”, explica el politólogo catalán.

El apoyo de Rusia a Armenia también ha sido puesto en duda y mientras armenios como Karapetyan sostienen que confían en el gobierno ruso, otros cuestionan el apoyo. “Rusia me ha decepcionado. Nos hemos dado cuenta que estamos muy solos. Solo nos queda armarnos. No solo por Artsaj, si no por la propia Armenia.  Ahora nos pueden atacar”, asegura Hunanyan. “Turquía ha entrado en el Cáucaso sur militarmente, dejando tropas en Azerbaiyán, y no se descarta que sea en territorio retirado a los armenios. Una situación que molesta mucho a los armenios pero mucho más a Rusia, una situación que no se daba desde hace 200 años con el imperio otomano”, explica Riu.

El posicionamiento tan férreo de Turquía en Azerbaiyán y sus provocaciones en Siria o Chipre, no dejan lugar a dudas de que el sueño de revivir el Imperio Otomano está presente en el Gobierno de Erdogán. “Internamente le está yendo muy mal a Turquía y debe buscar una salida de nacionalismo turco contra la crisis económica. Este sueño imperialista sirve para desviar las críticas”, opina Gor Hunanyan, que como economista pide que no se pierda de vista que Azerbaiyán suministra el 5% de la energía a Europa y restando de esta forma dependencia de los suministros rusos. “Ya te digo desde ya que si Azerbaiyán no tuviera gas o petróleo, se hubiera pronunciado la ONU, la UE e incluso EEUU”, concluye.



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