Migración | Estafas, abusos y precariedad: la cara oculta del sueño australiano – El Salto


Lo tiene todo. Prosperidad económica, buen clima, ciudades limpias, kilómetros de playas paradisíacas, multitud de animales exóticos… Australia reúne todos los requisitos para ser considerado uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. De hecho, sus dos principales ciudades, Sydney y Melbourne encabezan a menudo las listas de lugares más habitables del planeta. Embelesados por guarismos tan sugerentes como el salario mínimo más alto del mundo 2.960 dólares australianos o unos 1.700 euros al mes o treinta años de crecimiento sostenido, cientos de miles de jóvenes llegan cada año a Australia a vivir aventuras exóticas o labrarse un futuro digno en una de las economías más prósperas del planeta. Sin embargo, la situación este año no es tan idílica como muchos se imaginaban antes de subir al avión. La eclosión del coronavirus ha dejado a más de un millón de australianos sin trabajo y puesto patas arriba los planes de miles de visitantes internacionales. En la búsqueda de alternativas, muchos jóvenes se están encontrando con una fachada del país muy distinta a la que reflejan los blogs de viajes.

Laura se levantaba a las 6 de la mañana todos los días. Solía competir con el sol por ver quién llegaba antes a la puerta de la cafetería donde trabajaba en Melbourne. Esta joven holandesa es una de los 320.000 jóvenes que llegaron a Australia en 2019 gracias al programa Working Holiday Visa, que otorga 12 meses de permiso laboral a menores de 30 años. Los ciudadanos de alguno de los 44 países firmantes del acuerdo bilateral ─España participa desde 2014─ son los únicos que pueden acceder a este visado. Para el resto, la alternativa favorita es el visado de estudiante, que permite trabajar a tiempo parcial. El año pasado casi 900.000 jóvenes utilizaron esta fórmula

La negativa del primer ministro, Scott Morrison, a incluir a residentes temporales en los programas de ayuda cayó como un tejado resquebrajándose sobre una casa en llamas

A ella, el cese de actividades del sector servicios, principal nicho de trabajo para estudiantes y mochileros no le pilló por sorpresa. Recuerda que “cada día venían menos clientes, la gente veía en la tele lo que estaba pasando en Europa y dejaron de salir a la calle”. Con las fronteras interestatales cerradas y una pandemia en auge, quiso cambiar de sector. Hizo varias entrevistas, pero siempre se iban a pique al mencionar su visado. “Yo quiero trabajar como la que más, pero están priorizando a ciudadanos australianos” se queja. La diferencia es que estos pueden solicitar una serie de compensaciones de hasta 3.000 dólares australianos al mes por haber perdido su empleo. La negativa del primer ministro, Scott Morrison, a incluir a residentes temporales en los programas de ayuda cayó con contundencia, como un tejado resquebrajándose sobre una casa en llamas: “Nuestra prioridad son los australianos […] aquellos visitantes que no estén en condiciones de mantenerse por su cuenta pueden volverse a sus países”, sentenció.

A finales de junio, Laura pudo volver a trabajar en la cafetería, pero la alegría no tardó en disiparse. En julio comenzaron los rebrotes en la región de Melbourne, donde cada día se confirman centenares de nuevos casos. Por ello, las autoridades locales han declarado un nuevo cese de actividades no esenciales hasta que la cifra de contagios se reduzca.

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La posibilidad de extender sus visados atrae a los viajeros al campo.
Daniel Vega

El medio rural, baluarte de explotación

Acorralados entre un mercado estancado y unos aeropuertos bajo mínimos, muchos residentes temporales se vieron abocados a una salida bastante recurrente entre migrantes que se quedan sin alternativas: ir a donde nadie quiere ir, refugiarse en el campo. Mientras los australianos se afanaban en cada urbe acaparando papel higiénico, miles de mochileros dejaron la ciudad en busca de una granja, espoleados por el anuncio de una prórroga en el visado para trabajadores de sectores esenciales como la agricultura.

A los salarios paupérrimos que pagan algunos empresarios agrícolas se suman los precios desbocados que cobran los dueños de los hostales rurales

Extender los visados a viajeros que trabajen las fértiles tierras australianas es la forma con la que el Ejecutivo aplaca desde hace años la estridente falta de mano de obra local. Pocos australianos están dispuestos a desplazarse a localidades remotas para desempeñar tareas extenuantes a cambio de salarios exiguos. Pese a los informes que denuncian desde hace años las condiciones abusivas que sufren los Working Holiday a cambio de poder alargar su estancia en Australia, cada año más mochileros acuden a la llamada del campo. En 2020, la llegada masiva de estos viajeros desde las ciudades ha revelado toda una subindustria que se aprovecha de la desesperación de los jóvenes trabajadores para pagar nóminas irrisorias y cobrar precios abusivos por alojamiento.

“Es una estafa”, denuncia Alejandro, un joven chileno que lleva varias semanas recogiendo fresas en una granja de Bundaberg (Queensland). Se mudó al pueblo del nordeste australiano con la premisa de trabajar a diario y ahorrar pero al llegar se dio de bruces con una realidad diferente: “Los días que trabajo gano 25 dólares por ocho horas de jornada, intento hacerlo más rápido pero es imposible, el dolor en la espalda es increíble”, confiesa a través de su ordenador. A los salarios paupérrimos que pagan algunos empresarios agrícolas se suman los precios desbocados que cobran los dueños de los hostales rurales. Candelaria, una mochilera uruguaya que pasó varias semanas en la misma localidad afirma que “te cobran 240 dólares a la semana de alojamiento y trabajas dos horas por día o te ponen en lista de espera, es decir, te roban”. 

Amparados en el aislamiento de las plantaciones, granjeros y jornaleros utilizan en ocasiones el trabajo como coartada para abusar de jóvenes

Estos establecimientos satélites de las plantaciones, conocidos como ‘working hostels’, hacen su agosto cada temporada a costa de hacinar mochileros en instalaciones donde la higiene tiende a escasear. Las elevadas fianzas que tienen que pagar al llegar son las cadenas con las que los jóvenes son retenidos durante semanas aunque la faena escasee. Lisa, una viajera italiana recién llegada a Gayndah (Queensland) afirma que “estos reclutadores prometen mucho pero todo es mentira, en dos semanas he ganado 200 dólares y ahora estoy sin trabajo, atrapada con cientos de personas desesperadas y frustradas por las promesas falsas de esta gente”.  

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Una mochilera recoge fresas en un invernadero en el estado de Victoria (Australia).
Daniel Vega

Por si fuera poco con las endebles perspectivas monetarias, hay otro elemento que acaba convirtiendo la aventura agreste de muchas personas en una pesadilla: el acoso sexual. Amparados en el aislamiento de las plantaciones, granjeros y jornaleros utilizan en ocasiones el trabajo como coartada para abusar de jóvenes demasiado preocupadas por poder extender su visado como para atreverse a contarlo. Ya en 2016, Fair Work Ombudsman (FWO), el organismo encargado de velar por los derechos de los trabajadores, concluía en un informe que “esta relación asimétrica de poder está permitiendo a algunos operarios sin escrúpulos explotar y acosar sexualmente a visitantes vulnerables”. Aunque las denuncias han llevado a algunos granjeros ante los juzgados, cada año cientos de jóvenes viajeras confiesan en redes sociales casos de acoso en el medio rural que van desde comentarios impertinentes (“¿alguna vez te has acostado con alguien en silla de ruedas?”) o proposiciones indecentes (“¿tu novio aceptaría mil dólares por venir conmigo una noche?”) hasta violaciones. La sobreoferta de mano de obra a raíz de la pandemia, con más mochileros más desesperados por encontrar un puesto en una granja, ha disparado el riesgo de que se multipliquen estas situaciones abusivas.

La burbuja urbana

En las ciudades, donde permanecen la mayoría de los estudiantes, el panorama no es mucho más halagüeño. Muchos han perdido su principal fuente de ingresos pero tienen que afrontar los pagos de alquileres y matrículas como si no hubiera pasado nada. Los programas de estímulo del sector universitario aprobados por el gobierno ─100 millones de dólares para suplir la carencia de nuevas matriculaciones así como ofrecer descuentos en titulaciones estratégicas para australianos en paro─ se olvidan de los estudiantes foráneos, pese a que son un tercio del total y cada año inyectan unos 32.000 millones de dólares en el país, según las cifras del Instituto Australiano de Estadística (ABS, por sus siglas en inglés).

Algunas instituciones como la Universidad La Trobe, en Melbourne, o la Universidad de Australia del Sur, en Adelaide, ya han anunciado que incluirán a sus alumnos internacionales en los programas de ayuda a estudiantes vulnerables. Sin embargo, la mayoría de escuelas y universidades ha declinado hasta ahora ofrecer medidas similares. Para muchos de estos estudiantes, los bancos de alimentos han sido la única fuente de ayuda durante los meses más duros de la pandemia.

La limpieza para las mujeres y la construcción para los hombres son, junto a la hostelería, los principales sectores donde los residentes temporales pueden encontrar empleos

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Un joven hace la compra durante la pandemia en Melbourne.
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Marina, licenciada en derecho en Brasil y ahora matriculada en un diploma en Gestión de Proyectos en Adelaide, no puede contener la rabia. Después de estudiar inglés en Sydney durante unos meses, se trasladó a la capital de Australia del Sur, donde tendría más facilidades para extender su visado, según la recomendación de su agente educativo
intermediarios que se encargan de captar alumnos internacionales. “Lo que no me contó es que aquí es mucho más difícil encontrar trabajo que en las ciudades grandes, hay mucha gente en paro y los estudiantes extranjeros estamos en desventaja porque sólo podemos trabajar 20 horas” afirma. En un principio encadenó varios trabajos a través de empresas de trabajo temporal, pero la llegada del coronavirus la ha dejado sin ingresos y sin clases. “Tengo que pagar 8.000 dólares por unos pdf y tareas online mientras que a los nuevos estudiantes les ofrecen descuentos para embaucarlos” comenta. La falta de alternativas le están obligando a considerar volver al punto de partida: “Si lo llego a saber, me quedo en Sydney, donde por lo menos puedo trabajar en negro limpiando casas”, sentencia.

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Aunque las clases sean a distancia, los estudiantes han seguido pagando la misma tarifa.
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Y es que la limpieza para las mujeres y la construcción para los hombres son, junto a la hostelería, los principales sectores donde los residentes temporales pueden encontrar empleos que ofrezcan salarios en efectivo. Para evitar los límites del visado, miles de extranjeros pagan su desesperación por trabajar en Australia con salarios precarios y nulas coberturas ante los abusos laborales.

Reynaldo (nombre modificado para este artículo), fue hace escasos años uno de esos miles. En una granja en Australia del Sur recapitula ahora la dureza de sus primeros meses en Sydney, donde llegó desde Argentina con permiso de turista. “Me trataron muy mal, la gente no era amable y fui estafado reiteradas veces por otros inmigrantes que no me pagaron por estar en negro”, recuerda. Decidió matricularse en un curso de negocios para poder trabajar a tiempo parcial, donde se dio cuenta de que “está todo armado para sacarle plata a la gente y cuando estás débil te cogen, te dan 20 horas para trabajar con las que es imposible mantenerte y te cobran un huevo en la escuela, estás obligado a trabajar en negro y los empleadores se aprovechan de eso”. Después de varios años intentándolo, Reynaldo ha tirado la toalla, y ya piensa en otro destino. Ahora quiere ahorrar todo lo posible para emigrar a Europa cuando la pandemia amaine. “A la gente aquí solo le importa el dinero y cuando las cosas van mal el gobierno le da la espalda a los más vulnerables” ilustra, aludiendo a la falta de tejido social de los residentes temporales. En su opinión, esta actitud se debe a la lejanía con el resto de países: “es un país aislado, viven en una burbuja y tienen ‘plata’ para despilfarrar; no entienden sobre necesidades ni generosidad ni nada”, asegura.

El desarrollo económico australiano, construido sobre el exterminio de los pueblos aborígenes, sólo puede entenderse gracias a intensos flujos migratorios 

El gobierno no es el único que está mostrando su rechazo a los residentes temporales. Con una parte de la población encerrada en casa y miles de personas pasando el día enfrente del ordenador, las redes sociales se han convertido en los últimos meses en el sumidero de los miedos más irracionales de la población local. “Dejad de esparcir el virus” o el manido “vete a tu país” son algunos de los comentarios que los mochileros suelen recibir cuando preguntan por trabajos en la red. El estrés del confinamiento ha sido acicate para que una parte considerable de la población local blanca desvele su faceta más xenófoba, sintetizada en el viejo lema local ‘Fuck off, we’re full’ ─largo de aquí, está lleno─, lucido con orgullo en coches y marquesinas. 

Esta ignara actitud genera incredulidad y vergüenza ajena a partes iguales entre visitantes y compatriotas más cabales, no sólo porque se trata de uno de los países con menor densidad poblacional del mundo, sino porque el desarrollo económico australiano, construido sobre el exterminio de los pueblos aborígenes, sólo puede entenderse gracias a intensos flujos migratorios. “Todo se reduce al miedo, los viejos culpan a los jóvenes, los jóvenes culpan a los viejos y otros culpan a los extranjeros, cuando los únicos culpables de todo esto son los gobiernos que no actuaron lo suficientemente rápido” asevera Lucy, una joven británica que pasó varios años en Sydney.

Hartos del egoísmo y la xenofobia vistos en redes, ella y varias amigas pusieron en marcha la página de Facebook ‘Adopt a backpacker’, por la que familias australianas ofrecen ayuda a residentes temporales que perdieron su casa o su trabajo. Nikki, fundadora de la página primigenia en el estado de Australia Occidental, reconoce que no se esperaba la acogida recibida, ya que “vemos a gente ofrecer sus habitaciones, caravanas, granjas y hasta un apartamento con playa privada a viajeros que necesitan ayuda”. Y las familias no son las únicas en dar lecciones al gobierno sobre solidaridad. Muchos hosteleros están utilizando las redes sociales para ofrecer alimentos gratis a aquellos que no se puedan permitir ni hacer la compra. “Ese es el verdadero carácter australiano, amable y hospitalario”, señala Nikki con orgullo.

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Un coche destartalado en una granja en el sur de Australia con una matrícula que reza ‘Victoria, el lugar en el que estar’.
Daniel Vega


La segunda ola de contagios que azota con ferocidad a Melbourne, donde el uso de mascarilla es obligatorio desde esta semana, ha empujado al Ejecutivo a mantenerse firme respecto a las restricciones, prolongando la incertidumbre de los residentes temporales unas semanas más. En los Estados donde éstas comenzaron a relajarse en junio ni las cifras de empleo han mejorado ni las clases han vuelto a ser presenciales, por lo que resulta imposible poner una fecha para poder hablar de vuelta a la normalidad. Balzac decía que las crisis servían para romper corazones o curtirlos, y esta pandemia está siendo especialmente exigente con los corazones de los migrantes, que van a tener que dar lo mejor de sí mismos si no quieren renunciar al proyecto de prosperar en tierras foráneas. En uno de los grupos online de trabajo rural, alguien trataba recientemente de animar a sus semejantes afirmando que “algunos se creen que la vida en Australia consiste en surfear con kanguros y abrazar koalas pero aquí también se reciben muchos golpes, y en realidad, emigrar consiste en eso, en competir pese a la desventaja, aprender de los errores y no rendirse”.



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