Suecia | Del ‘Folkhemmet’ a la escuela de Chicago: el gran volantazo de la socialdemocracia sueca – El Salto


Es 19 de mayo de 1982 y el IFK Göteborg acaba de ganar su primera copa de la UEFA. El único gran título continental de un equipo sueco, al que hay que sumar la reválida que lograron en el 87. Un hito para un país que era europeo, sí, pero de algún modo también periférico, y al que alcanzaban de manera lateral los circuitos internacionales de la economía, la política y la cultura. Como casi todo lo sueco, el único club nacional laureado a escala europea es relativamente invisible para las retinas de aquellos que siguen el deporte rey, lo que no es sino el reflejo de una realidad mucho más amplia.

Con mucha seguridad, igualmente pasa por alto que aquel año el gobierno del país fue algo así como un interludio: Thorbjörn Fälldin del Centerpartiet ocupaba el puesto de Primer Ministro de Suecia, un hecho excepcional en un país cuyas máximas dirigencias se han teñido casi siempre del rojo del SAP, el partido socialdemócrata. 44 años gobernando sin interrupción desde 1932 hasta 1976 —a excepción del breve gobierno Bramstorp en el verano del 36—, y de nuevo desde 1982 hasta la actualidad con la salvedad de un par de mandatos a cargo de los moderados. Una preponderancia de raíces profundas sustentada sobre los consensos de los años 40 y 50.

Sveriges Socialdemokratiska Arbetareparti (SAP) fue el partido socialdemócrata más sólido de Europa, portador de una de las hegemonías más reseñables y duraderas que algún movimiento político haya conocido en un sistema multipartidista, sin mucho que envidiarle al peronismo (cuando no estaba proscrito o dividido). La fortaleza de su impronta es tal que incluso los escasos gobiernos conservadores que han dado de sí los últimos 90 años de democracia no han podido siquiera armar un debate alrededor de la espina dorsal del proyecto histórico de la socialdemocracia.

La etapa 1932-1976 dio de sí para Suecia, en palabras de Göran Therborn, unos “gobiernos de la reforma social: cautos, graduales, bien preparados” y que “podían apuntar al pleno empleo, a una economía próspera y abierta que fuese competitiva en los mercados mundiales, a un generoso Estado del bienestar y a una sociedad igualitaria”. Toda una serie de hitos que aún hoy moldean las bases del modelo de trabajo y vida del país nórdico.

La lógica de la posguerra en Suecia, tendente a la expansión de la intervención estatal y la protección social, fue posible en parte por el compromiso de los empleadores con los trabajadores del país, empujados por unos sindicatos fortísimos (cerca del 90% de afiliación) que se erigían en pata fundamental del bloque histórico que se articuló alrededor de los gobiernos del SAP. Este bloque se sustentaba sobre una ideología corporativista que a la larga limitaría el accionar de los propios sindicatos y de la clase trabajadora, encarnando en sí misma una contradicción fundamental que rigió casi como una cuenta atrás: la promesa de crecimiento continuado de los salarios en un país que concentraba buena parte de su capital en los años 60 en el seno de unas 15 familias.

Hasta 1988, el partido socialdemócrata se ubicó por encima del 40%, reafirmando una y otra vez su condición de actor político central. Su idea-base como partido la resumía el concepto Folkhemmet, literalmente “la casa del pueblo”

Hasta 1988, el partido se ubicó por encima del 40%, reafirmando una y otra vez su condición de actor político central. Su idea-base como partido la resumía el concepto Folkhemmet, literalmente “la casa del pueblo”, traído a la mesa pública por Per Albin Hansson, quien fuera líder del SAP y primer ministro desde 1932 hasta 1946. Folkhemmet supuso en última instancia para el partido abandonar la idea de la lucha de clases, apostando por una especie de sociedad-familia de tipo corporativista donde el Estado controlase a las empresas, sin alcanzar a asumir su propiedad. Una estructura donde los impuestos, como el propio Primer Ministro Tage Erlander planteó, al alcanzar cifras en torno al 70-80%, llegasen a suponer por sí mismos una forma de socialismo al extraer de la producción capitalista buena parte de su rendimiento.

Esta que menciono fue su diferencia central con los socialismos “reales” que no hacían sino crecer en todo el mundo durante aquellos años: la negativa como proyecto a estatizar o socializar definitivamente los medios de producción.

Cambio de rumbo

En 1969, la huelga de los mineros de la estatal Luossavaara-Kiirunavaara Aktiebolag, conectada con un contexto general enturbiado en las sociedades occidentales, con los modos de organización nacionales y el liderazgo estadounidense puestos en duda, devino en un problema político que desbordó al conflicto concreto de los mineros de Svappavaara, Malmberget, Luleå y Kiruna. Las relaciones entre el SAP y el Vänsterpartiet-Kommunisterna (VPK), los comunistas, se tensaron y, hasta cierto punto, el modelo fue puesto en cuestión.

La respuesta del Estado fue un intento de profundización del modelo en sí mismo, que siempre había tratado de conectar a los gobiernos socialdemócratas con la clase trabajadora: se creó un banco estatal de inversión, se implementaron guarderías y servicios parentales financiados por contribuciones de los empleadores, etc. En definitiva, una batería de reformas que ahondaron en los fundamentos vigentes. Con todo y pese a las limitaciones intrínsecas al proyecto de país del SAP, lo cierto es que la clase trabajadora de Suecia disfrutaba de unos niveles de poder inusuales para un país occidental y de unos estándares de vida considerablemente altos.

No obstante, estas reformas bajo el gobierno de Olof Palme pueden considerarse parte de la última gran expansión del Estado del bienestar sueco. En aquellos años setenta se movieron muchos elementos a la interna del orden nacional que trastocaron lógicas hasta entonces inexpugnables y abrieron las puertas a propuestas transformadoras de un lado y de otro.

En primer lugar, la confederación sindical Landsorganisationen (LO) lanzó su Plan Meidner, uno de los más ambiciosos proyectos trazados por la clase trabajadora en cualquier país de corte no socialista. Con él se pretendía iniciar un proceso de aumento progresivo de las participaciones de los asalariados en las empresas hasta alcanzar una suerte de punto de no retorno en el que los trabajadores se convertirían como entidad colectiva en los principales dueños de las empresas. La idea del grupo Meidner era transformar el carácter de la propiedad en Suecia. La socialdemocracia se plantó. Las urgencias electorales y, por qué no decirlo, los límites ideológicos que atravesaban a varios grupos de decisión dentro del partido, declinaron la idea casi en su totalidad, aprobándose en 1984 una versión verdaderamente descafeinada.

El SAP giró el timón y colocó la mercantilización y el control inflacionario en el centro de la agenda, vaciándose además de sindicalistas, trabajadores e intelectuales. Se aceptó la senda de la remercantilización.

En segundo lugar, los empleadores comenzaron una ofensiva que se enmarcaba en la ola reaccionaria global de aquellos años. Sin poner en duda el modelo en sus aspectos más generales ni atacar a los sindicatos de manera frontal, la patronal se movilizó y presionó al Estado. De la mano de esta situación, un grupo de economistas del SAP se interesaron por las ideas neoliberales que llegaban desde la escuela de Chicago y orquestaron una exitosa batalla interna.

El partido giró el timón y colocó la mercantilización y el control inflacionario en el centro de la agenda, vaciándose además de sindicalistas, trabajadores e intelectuales. Se aceptó la senda de la remercantilización. Por supuesto, la densidad del entramado social impidió que este viraje fuese inmediato, por lo que el neoliberalismo no llegó a Suecia como una suerte de tormenta, sino a través de la continuada erosión propugnada por los gobiernos socialdemócratas y moderados que se sucedieron desde entonces.

Suecia hoy

En realidad, este movimiento en las filas del partido no se alejaba de lo que venía sucediendo en el resto de socialdemocracias y laborismos occidentales. En 1979, el PSOE renunciaba al marxismo como ideología vehicular del partido en su vigesimoctavo Congreso, un hecho menos simbólico de lo que pudiera parecer en primera instancia y que se vería refrendado en los años posteriores bajo la imprenta de las privatizaciones de la era González. El laborismo británico enfrentó años de disputas internas que condensaron en la llegada de Tony Blair al liderazgo del partido en 1994. El PS francés vio de igual forma reflejado el triunfo del proyecto neoliberal en la figura de François Hollande. Toda una lista de cambios en los liderazgos, discursos y posicionamientos que remaban en una misma dirección: Chicago.

Lo cierto es que los gobiernos del SAP y las coaliciones burguesas a partir de los años noventa no se han distinguido en la práctica a la hora de dirigir la economía y la política social. Bildt, Carlsson, Persson, Reinfeldt y Löfven. Los cinco gobiernos (dos de ellos, moderados; los otros tres, socialistas) desde 1991 han convergido en lo fundamental: han promovido las políticas de ajuste, desigualdad y especulación que se preconizaron como garantes de la estabilidad y el crecimiento. Como ejemplo ilustrativo de esta relación turnista, en 2005 el gobierno socialdemócrata de Persson eliminó el impuesto de sucesiones; en 2007, el gobierno moderado de la Alianza (moderados, centristas, liberales y socialcristianos) liderado por Reinfeldt eliminó el impuesto a la riqueza. Una concurrencia de proyecto que hacía relativamente irrelevante qué coalición ocupase Sagerska huset, pues aquello no suponía una modificación sustancial en el rumbo general del país.

Los datos avalan la tesis de la existencia de un consenso neoliberal en la política institucional: en 2017, el 1% más rico de Suecia era propietario del 42% de la riqueza del país (en 2002, el 18%); en el mismo año, el 17% de pensionistas se encontraba en situación de pobreza relativa, por encima del 14% de la media europea y muy por encima del 8% de Dinamarca. Las tendencias hablan. La excepción pareciera ser la desigualdad de género, que sigue reduciéndose en términos relativos en muchos de los ámbitos mesurados gracias a un movimiento feminista muy activo, a la influencia de una iglesia luterana nacional alejada por lo general de dogmatismos y a la escasa relevancia de la derecha religiosa.

Los datos avalan la tesis de la existencia de un consenso neoliberal en la política institucional: en 2017, el 1% más rico de Suecia era propietario del 42% de la riqueza del país mientras el 17% de pensionistas se encontraba en situación de pobreza relativa

En 2017, desde Forbes elogiaban el rumbo del Estado sueco, que había transformado el país a través de “la desregulación y el auto control presupuestario con recortes al Estado del bienestar”. Pero la revista no se quedó ahí y colocó a Suecia en el primer puesto a la hora de elegir un país para hacer negocios. Sin duda, es un destino muy atractivo para el capital extranjero con un sector tecnológico puntero y un brote descontrolado de start-ups que, eso sí, obligan a una refundación continuada de los trabajadores que compiten en el mercado laboral de una economía que hace muchos años abandonó la senda del pleno empleo.

Toda esta transformación en el seno del modelo ha generado una paulatina ruptura entre la clase trabajadora y el partido, y en menor medida entre la primera y los sindicatos. Las condiciones de vida, la seguridad en el futuro y la calma que era capaz de proporcionar el sistema hace unos años se han ido deteriorando cada vez más, y el relato nacional del SAP ha perdido vigencia como consecuencia de estos procesos.

Las cuestiones de clase se han ido trasladando a posiciones cada vez más periféricas en la agenda política. Esto ha sucedido en parte por la inexistencia de un discurso social capaz de incorporar sectores amplios para defender problemáticas concretas dentro de un marco más general, pero también por el hecho incontestable de que un sector en absoluto desdeñable de la población sueca todavía percibe unos salarios medios más que suficientes —y en tendencia ascendente— para sostener el bienestar que cada vez en menor medida ofrece el Estado.

Ocurre que los huecos en la agenda nunca quedan vacíos y un asunto específico fue colocado en una posición central: la inmigración y la seguridad. Sverigedemokraterna (Demócratas de Suecia), el partido modélico de la extrema derecha sueca, fruto de la capacidad de un grupo de neonazis y supremacistas de la década de los noventa de adaptarse a las reglas del mainstream y hacerse estética y discursivamente aceptables para la política electoral del país, ha abanderado el relato de la inseguridad.

La proliferación de bandas y mafias que operan desde dentro del país llegando a amenazar la integridad del propio Estado obligó a una nueva disputa por la centralidad. Un inoperante SAP y una izquierda —comunistas y verdes—  incapaz de dimensionar la magnitud del problema facilitaron las nuevas retóricas xenófobas del bloque de la derecha.

La urgencia de las clases trabajadoras y medias por una respuesta solvente y confiable a un problema, el de la criminalidad, cada vez más palpable, impulsó a la extrema derecha en las encuestas. Posiblemente, esto no hubiera sido posible si la socialdemocracia hubiese mantenido el proyecto del bienestar, conservando la profunda legitimidad que le otorgaba el hecho de ser el partido de referencia de la clase trabajadora y los sindicatos. Tampoco ayudó que las élites del partido fingiesen demencia con el auge de la violencia en ciudades como Malmö.

Demócratas de Suecia es el partido modélico de la extrema derecha sueca, fruto de la capacidad de un grupo de neonazis y supremacistas de los noventa de adaptarse a las reglas del mainstream y hacerse estética y discursivamente aceptables

Con todo, la larga herencia en materia de acogida del país actúa como muro de contención. No existe una mayoría que rechace tajantemente que Suecia deba acudir a los llamados de socorro, pero sí existe un consenso alrededor de la necesidad de modificar la política de acogida de refugiados. Se percibe que el país recibe un porcentaje excesivo de todos a los que da cobijo la Unión Europea, mayormente de origen sirio, con las exigencias logísticas que ello implica y de las que el Estado hace mucho que dejó de hacerse cargo satisfactoriamente.

Pese a esto, es errada la tesis que pretende vincular el descenso de apoyo al SAP con el factor de la inmigración y las personas refugiadas. En las elecciones de 2018, según la televisión sueca, los principales clivajes que marcaban la afiliación partidista de los votantes eran, sí, la ley y el orden, pero también el cuidado de los ancianos, la economía y, en mayor medida, la igualdad de género y el Estado del bienestar.

Además, la pandemia ha impactado. De cómo sea leída la gestión de la crisis del Covid-19 por el gobierno que lidera el SAP puede depender una parte importante del futuro del país. La coalición vigente es frágil: socialdemócratas y verdes con la abstención de centristas, liberales y la izquierda. De sobrevivir hasta 2022, está por ver que pudiera repetirse una alianza Frankenstein de semejantes características o, por el contrario y más probable, se alcanzase un acuerdo por la derecha para la gobernabilidad del país que incluyese de alguna forma a la extrema derecha que hoy se disputa el segundo puesto con los moderados.

El Estado del bienestar sueco no está en peligro por la mayor o menor entrada de inmigrantes al país, pues la tasa de empleo de los nacidos en el extranjero es mayor en los varones que la media de los autóctonos y nacidos en el extranjero de toda la UE, y la tasa de empleo de las mujeres nacidas en el extranjero es igual a la suma de los dos sexos también en la UE. Tampoco ha sido el incremento de población inmigrante el causante de los recortes en bienestar y derechos laborales, pues como hemos visto, forman parte de un proceso que viene dándose desde, como mínimo, la década de los ochenta.

Las bases del modelo de protección social sueco son una consecuencia de la voluntad, entre otros, de la socialdemocracia de la posguerra, no cabe duda. Pero tampoco puede negarse que el aumento de influencia de Sverigedemokraterna, la entrada a tropel del capital extranjero, la desigualdad al alza y la creciente incertidumbre de sectores amplios de la clase trabajadora tienen en sus entrañas el sello del SAP. A la interna del partido existen voces disidentes, como las de Reformisterna, que proponen un nuevo cambio de dirección que tome como referencia al antiguo partido y a sus antiguos referentes. Por fuera, ni Vänsterpartiet, ni los verdes, ni el crisol de organizaciones marxistas de diversa tendencia parecen capaces de liderar un nuevo bloque que conduzca a los sectores populares y a las clases medias.



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